Tanto en este blog como en el de Atina Chile, he planteado la necesidad de renovar nuestra inquietud con el país, con la pobreza y con la manera de hacer política. Por lo demás, estoy lejos de ser el único que lo piensa. Por esta razón, es para mí un gusto presentarles a continuación el Manifiesto del primer grupo de jóvenes que conozco en Chile que ha declarado su compromiso con hacer pasar un nuevo Chile a través de la participación política con todas sus letras.
He sido invitado a participar, y me ha gustado el ánimo que he visto. Por supuesto que hay cosas que me gustaría que fueran distintas, pero en ninguna parte dice que no iba a ser así, y mucho menos que no me haga cargo. El Manifiesto que les presento a continuación creo resume de manera brillante el sentir de muchos (los agradecimientos por esta articulación a Daniel Brieba, Sociólogo y Licenciado en Economía PUC).
Un nuevo Chile se ve más posible.
Chile: nuestro diagnóstico
Sabemos que el Chile de hoy, con todos sus problemas pendientes, es incomparablemente mejor que el que existía 30 o 35 años atrás. El país ha progresado, las condiciones de vida generales- incluyendo las de los más pobres- han mejorado, las libertades se han expandido y, sobre todo, el país ya no está atravesado por diferencias políticas tan profundas que amenacen la convivencia o los fundamentos de su democracia. Somos, a comienzos del siglo XXI, un país en construcción, que puja y crece, optimista y con fe en el futuro; que está viviendo una de las mejores- sino acaso la mejor- etapa de toda su historia como nación independiente.
Sin embargo, no por ello podemos asumir que el avance futuro está asegurado o que no quedan desafíos por superar. Nuestra modernización sigue siendo insuficiente y en algunas áreas claves estamos avanzando más lento de lo que podríamos; y a la vez, aun nos encontramos intelectualmente en pañales en lo que refiere a los temas globales que marcarán crecientemente la agenda política durante el siglo que comienza.
Esta es la doble encrucijada en la que se encuentra Chile hoy en día. Por una parte, es un país aun relativamente pobre y en vías de modernización, con problemas característicos del subdesarrollo: una proporción importante de la población con un bajísimo poder de consumo, una educación (pública y privada) de baja calidad que ha redundado en una fuerza laboral pobremente calificada, una protección social precaria y deficiente, una muy desigual distribución del ingreso y del poder, una asimetría muy marcada entre la capital y las regiones, una infraestructura física insuficiente, y tantos otros.
Por otra parte, parcialmente como consecuencia de su propio progreso y de los profundos cambios sociales, tecnológicos, culturales y económicos de la sociedad global, Chile se enfrentará durante el siglo XXI a problemas y desafíos nuevos y distintos a los que históricamente han dominado su agenda política. Tanto las demandas localistas de las regiones y los municipios por más poder y autonomía, como las exigencias de coordinación e interdependencia internacional minarán la centralidad del Estado como agente político.
La globalización cultural nos exigirá repensar la relación entre el Estado y las preferencias y valores de los ciudadanos particulares, así como las relaciones entre culturas, etnias y nacionalidades distintas. Proliferarán los movimientos de reivindicaciones particularistas, nuevos movimientos sociales, demandas ciudadanas de toda especie, y por cierto los temas ecológicos y de desarrollo sustentable cobrarán creciente relevancia. El avance científico y tecnológico nos planteará dilemas éticos a la vez urgentes y profundamente relevantes. La lista podría continuar, pero lo esencial es asumir que el mundo global nos presenta problemas que son consecuencia de los mismos éxitos de la modernidad, y que suelen ser globales en su naturaleza y en su solución. El calentamiento global o la volatilidad económica no se solucionarán con políticas nacionales. En la sociedad del riesgo, ningún país se salva de verse afectado por lo que sucede en el rincón opuesto del planeta. Los vacíos y necesidades del escenario político Falta de modernidad por una parte, problemas globales emergentes por la otra; todo país en desarrollo se enfrenta a este doble desafío. Sin embargo, vemos que las fuerzas políticas actuales en Chile siguen preocupadas sólo de los problemas clásicos del desarrollo, y no han hecho- ninguna de ellas- un esfuerzo serio de renovación ideológica o programática con miras al siglo XXI. Como además la división entre Concertación y Alianza se da sólo en parte por diferencias programáticas de fondo, y de manera más fundamental por la posición histórica que unos y otros tuvieron ante el gobierno de Pinochet, vemos que el ordenamiento actual de la política chilena responde más a las dificultades del pasado que a los desafíos del futuro. Si a esto sumamos la falta de democracia interna dentro de los partidos políticos existentes y el poco espacio que han dejado a la renovación de caras e ideas en su seno, nos damos cuenta que existe una importante y preocupante impermeabilización de los partidos frente a la ciudadanía que pretenden representar. Es ante este escenario que nos planteamos la posibilidad de formar un nuevo referente político en Chile. Un referente que, sin abandonar los aún urgentes temas de la modernización del país, empiece a plantearse frente a los desafíos políticos, sociales y éticos del futuro. Un referente que no se vea constreñido en sus visiones, ideas y propuestas por la camisa de fuerza que significa el eje Sí/No en la política chilena, y que sin embargo, sea capaz de articular una clara visión de país anclada en los valores permanentes de la humanidad y que constituyen el corazón de la tradición intelectual y moral de Occidente: la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto a la vida, y la fe en la razón y en el diálogo. Pero, ¿es posible articular una visión de ese tipo, que no esté ya encarnada en alguno de los partidos políticos chilenos? Ciertamente que sí. Aun sin pretender inventar ideologías nuevas, en Chile se observa que en la derecha priman los partidos liberales en lo económico, pseudo autoritarios en lo político y conservadores en lo valórico, mientras que en la izquierda tenemos partidos más reguladores en lo económico, democratizadores en los político y liberales en lo valórico, sin dejar de mencionar a la DC, que pertenece a una coalición de centroizquierda y tiende a adscribir al mundo conservador en temas valóricos. Aspiramos a construir un movimiento político que sea razonablemente pro-mercado en lo económico, profundamente participativo y democratizador en lo político, y reconocidamente liberal y tolerante en lo valórico. Esta combinación, unida a la preocupación por los temas emergentes del siglo XXI y a la apuesta generacional que detallamos más abajo, creemos que representa un enfoque distintivo en la política chilena y que no encuentra una representación adecuada en ninguno de los partidos políticos actualmente en existencia. Nuestra apuesta política En el ámbito propiamente político, nuestro compromiso inalienable e inclaudicable es con la libertad. A ésta la entendemos en su doble sentido: como libertad negativa, según la tradición liberal clásica; y como libertad positiva, asociada a la tradición cívico-republicana. La primera, está relacionada con la protección de los derechos individuales frente al poder público, a establecer una esfera de autonomía individual intocable por las decisiones colectivas de la mayoría o por las pretensiones del Estado. La segunda, entiende la libertad como la posibilidad de acción colectiva unida a un espacio de deliberación racional entre ciudadanos, cuyo primer modelo fue la polis griega. La primera es una libertad esencialmente privada, la segunda una libertad esencialmente pública. Creemos que ambas son necesarias tanto para la existencia de una democracia vital y fuerte, como para la plena realización de los seres humanos. Las entendemos como esencialmente complementarias, y es obligación de la organización política de una comunidad el garantizar y profundizar ambas. Ahora bien, a nivel más pragmático creemos que para la realización de la libertad los desafíos centrales en el Chile actual son dos. El primero, es profundizar las libertades personales y locales, de modo de aumentar la autonomía tanto de los individuos como de las comunidades locales para decidir acerca de su destino. El servicio militar obligatorio o el voto obligatorio para los inscritos son ejemplos de políticas autoritarias que limitan la libertad personal. Las políticas centralizadas (decididas en Santiago) en infraestructura, vivienda y educación, son ejemplos de la escasa autonomía de regiones y comunas para decidir lo que es mejor para ellas. Creemos que ambos tipos de autoritarismo no se condicen con las aspiraciones de una sociedad libre. Nótese que el principal obstáculo para eliminar el voto y el servicio militar obligatorio han sido los partidos de la Alianza; en el segundo caso, el centralismo ha sido responsabilidad de la Concertación. Por lo tanto, tenemos derecho a pedir un compromiso coherente con la libertad a ambos sectores. El segundo desafío dice relación con fomentar y profundizar radicalmente los espacios de participación ciudadana y política en Chile. La ciudadanía no se limita, como creen algunos, a aumentar el acceso al consumo. Queremos ser consumidores pero también ciudadanos, preocupados de nuestro bienestar pero también del progreso colectivo. Para ello, creemos fundamental impulsar con fuerza un cambio hacia una cultura política más democrática, inclusiva y dialogante. Queremos un sistema electoral que no excluya a minorías significativas del Congreso y que no silencie las nuevas ideas mediante una franja electoral que asigna tiempo según la votación pasada, perpetuando así la hegemonía mediática de las mayorías. El disenso, a buenas cuentas, no es inherentemente maligno, como parecieran pensar algunos. Por otra parte, queremos que en Chile exista una sociedad civil fuerte, diversa, dinámica y autónoma. Sin ella, la comunicación entre el sistema político y la ciudadanía se vuelve casi imposible y en cualquier caso profundamente asimétrica en su poder, al enfrentar a grandes máquinas partidarias frente a individuos atomizados. La sociedad civil es esencial para vigilar a los poderes públicos y para canalizar las demandas e intereses de la ciudadanía. Además, será esencial para procesar los temas emergentes del siglo XXI a medida que hacen su aparición. Creemos que en esta tarea de fortalecimiento la Concertación ha fallado, al estar más preocupada de neutralizar las demandas de la sociedad civil y cooptar a sus líderes, que de formular políticas que busquen potenciar y empoderar a las organizaciones en la búsqueda de sus propios fines. Es nuestra profunda convicción, que si las personas no tienen la posibilidad de participar en lo público - es decir, en la contribución al bien común- los ciudadanos se degradan en meros consumidores y la democracia, así empobrecida, pierde parte de su intrínseca dignidad. Nuestra apuesta es contribuir a restituir esa dignidad, abriendo espacios a la participación de todos en la búsqueda del bien de todos; y al hacerlo, estaremos abriéndole las puertas de par en par a la libertad. Nuestra apuesta económica social Si bien las libertades políticas son una parte esencial de nuestra visión de país, ellas valdrían de poco si no van acompañadas del progreso económico y la justicia social que permiten a las personas disfrutar de los espacios de autonomía personal y disponer de tiempo para participar en los espacios públicos en condiciones de igualdad de derechos y de dignidad. Por ello, el desarrollo económico es un componente esencial de cualquier proyecto de país que se tome en serio la libertad de sus habitantes. En los últimos 20 años, Chile ha tenido un progreso notable en este ámbito, más que doblando el producto per cápita y disminuyendo la pobreza de ingreso desde un 40% en 1987 a un 19% el 2003. Su combinación de una economía libre y abierta al mundo; instituciones sólidas, estables y creíbles; y una política social amplia y bien financiada, orientada a mejorar la calidad de vida de las personas por medio de inversión en vivienda, salud, pensiones y educación (aun cuando los resultados han sido mixtos en algunas áreas), han convertido a Chile en la â??historia exitosaâ?? de América Latina. A pesar de ello, persiste una distribución del ingreso escandalosamente desigual, la cual se explica por la existencia de una élite inusualmente rica en términos comparados, y cuya participación en el ingreso nacional no ha caído en absoluto durante los gobiernos de la Concertación. En lo medular, nosotros suscribimos al â??mixâ?? de políticas que se ha venido aplicando en Chile, usualmente llamado economía social de mercado, y el cual ha alcanzado un muy alto grado de consenso en el país gracias a sus visibles y sustanciales éxitos. Sin embargo, creemos que precisamente porque se ha avanzado tanto, es que estamos en posición de hacer mucho más. Nuestro objetivo principal en este ámbito es una sociedad a la vez próspera y justa, que supere definitivamente la pobreza y que garantice igualdad de oportunidades a todos sus habitantes. Para ello, creemos que hay dos ejes de acción de gran importancia. En primer lugar, es fundamental potenciar el crecimiento económico de largo plazo, sin el cual la superación de la pobreza se vuelve cuesta arriba y toda redistribución dolorosa. Para ello, creemos que los grandes temas en que el país aun no ha hecho un esfuerzo de la magnitud y prioridad que se requieren son la educación, la tecnología y el fomento al emprendimiento. Sostenemos, enfáticamente, que no hay desarrollo sostenible que no esté apoyado en una educación de alta calidad. Lamentablemente, todas las mediciones internacionales muestran que nuestra educación es de pobrísima calidad; y las nacionales, que no progresa en su calidad y que falla rotunda y dramáticamente en cuanto igualador de oportunidades. Este desolador panorama tendrá consecuencias nefastas tanto sobre nuestro potencial de crecimiento económico como sobre nuestra capacidad de construir una sociedad más igualitaria. Por ello, el país no puede darse el lujo de resignarse a una educación pública y privada mediocre. Su importancia estratégica exige que la política se haga cargo del problema y lo convierta en una verdadera prioridad nacional. Junto a esto, una política de fomento al crecimiento requiere un énfasis fuerte en la investigación y desarrollo tecnológico, para lo cual se necesita que el Estado, las universidades y las empresas privadas trabajen coordinadamente de modo semejante al que los países asiáticos emergentes lo han hecho por décadas. Podemos y debemos adaptar a nuestras condiciones los modelos exitosos de desarrollo tecnológico de otros países; pero para ello, lo primero es tener la claridad conceptual y la voluntad política de reconocer que sin educación y sin tecnología, nuestro desarrollo económico será siempre precario y vulnerable a las oscilaciones de los mercados mundiales de materias primas. Por último, creemos que Chile requiere fomentar una verdadera cultura del emprendimiento, donde la novedad y la creación sean incentivadas y valoradas socialmente. Naturalmente, estas tres áreas- educación, tecnología y emprendimiento- se refuerzan mutuamente y en la medida en que formen parte de una política conjunta, las condiciones estarán dadas para que Chile logre un desarrollo económico fuerte, sostenido y diversificado. El desarrollo económico es una condición necesaria pero no suficiente para abordar nuestro segundo eje de acción: la superación integral de la pobreza, entendida por cierto dentro del contexto mayor de una reducción de las profundas desigualdades sociales existentes. Para ello, a la política económica debe sumársele una política social potente que sea una verdadera prioridad nacional. Creemos que podemos y debemos hacer, como país, un esfuerzo superior por trabajar por y con las personas en situación de pobreza. En este sentido, es parte de nuestro ideario fundacional, de nuestro ethos constitutivo, el situarlas en el centro de nuestras preocupaciones de una manera en que los partidos políticos tradicionales simplemente no lo han hecho. En esta tarea, creemos que la tradicional comprensión de la pobreza como una mera escasez de ingresos es anacrónica e insuficiente. De igual manera, la manera centralista, paternalista y asistencialista en que el Estado chileno históricamente se ha hecho cargo de la pobreza es equivocada, a veces contraproducente y sin duda vejatoria de la dignidad de las personas en dicha situación. Y si bien en el último tiempo la comprensión sobre la pobreza y los programas dirigidos a ella se han ido complejizando y diversificando hasta cierto punto, creemos necesario radicalizar esa evolución hacia un modelo que dignifique a las personas en situación de pobreza y les dé real participación en la definición de políticas. A pesar de algunos esfuerzos, la Concertación no ha sido capaz de integrar los nuevos enfoques en pobreza con un modelo de intervención que rompa la inercia burocrática, parcelada y centralista del Estado chileno. Aspiramos, pues, a formular una política social distinta, que implica un verdadero cambio de paradigma debido a sus características. Primero, debe entender la pobreza como un fenómeno multidimensional donde confluyen la insatisfacción de necesidades básicas, el no desarrollo de funcionamientos y capacidades y la vulneración de derechos ciudadanos. En segundo lugar, debe buscar empoderar a las personas en vez de fomentar su dependencia del Estado o de otros actores. Tercero, debe tener un carácter marcadamente participativo y descentralizado, de manera que responda realmente a las necesidades locales y esté legitimada por la población a la cual va dirigida. Cuarto, debe ser coordinada e integral, de modo que no borremos con el codo lo que escribimos con la mano, como sucede actualmente cuando transformamos el problema de la falta de vivienda (campamentos) en problemas de delincuencia y falta de trabajo (soluciones habitacionales segregadas social y territorialmente). Y por último, su importancia política debe ser muy superior a la actual, agrupada de preferencia bajo un ministerio de real peso en el gobierno, y no como sucede actualmente donde está dispersa en una serie de ministerios sectoriales, cada uno celoso de su esfera de acción pero donde ninguno está en la primera línea (como lo está Hacienda en el área económica, por ejemplo). Creemos que una política social como la aquí esbozada puede contribuir significativamente a acelerar el progreso en la superación de la pobreza, y al mismo tiempo hacerlo de manera tal que se dignifique y empodere a las personas en dicha situación. Nuestra apuesta valórico cultural En los ámbitos valórico y cultural creemos que se van a dar algunas de las discusiones más fundamentales de la sociedad del siglo XXI. Por lo pronto, los debates sobre el consumo de drogas, sobre el aborto y sobre la eutanasia ponen de relieve el conflicto entre el valor de la libertad individual y el valor de la vida, tanto propia como ajena. En el futuro, la clonación y la manipulación genética también nos interpelarán a repensar el significado y naturaleza de la vida humana, una vez que ésta ha sido intervenida de manera tan profunda por la voluntad del ser humano. Ahora, más que enunciar posiciones sobre cada uno de estos temas, creemos que lo importante es construir y defender un marco de diálogo donde estas discusiones puedan ser llevadas a cabo de manera pública, transparente y fructífera. Esto implica partir de la base de que las grandes preguntas éticas de nuestro tiempo no tienen respuestas unívocas ni fáciles, no sólo debido a la complejidad inherente a todo dilema ético, sino también debido a las plurales y variadas visiones de mundo que individuos de una misma sociedad pueden llegar a tener. La importancia del respeto y el diálogo se vuelve especialmente relevante debido a lo que está en juego- modos de entender la vida humana por ejemplo- y al carácter absoluto, de â??todo o nadaâ?? que suelen adoptar las partes en conflicto. Las disputas valóricas de fondo tienen, en efecto, un carácter mucho más explosivo que cualquier disputa ideológica contemporánea. Lo importante es reconocer que la tradición como guía de nuestras acciones ya no existe, en el sentido que se ha disuelto su carácter de verdad ritual o autoexplicativa. La tradición se vuelve â??una manera másâ?? de hacer las cosas, y como tal debe justificarse y defenderse al igual que toda otra opción. Esta manera de tratar los problemas éticos asume, desde luego, que ninguna cosmovisión puede pretender tener un acceso privilegiado a la verdad o un derecho superior a establecer sus doctrinas en detrimento de otras. En la esfera pública, en otras palabras, no se puede fundamentar una postura valórica en base a verdades reveladas, al derecho divino o cualquier fuente extra humana de legitimidad. Algo similar se aplica en el caso de las disputas entre distintas culturas o etnias. Nosotros apostamos por una cultura pública abierta al diálogo y tolerante de la diversidad que inevitablemente irá mostrando la sociedad chilena. Esto debiera ir acompañado de un Estado que en sí mismo tienda a la â??neutralidad éticaâ??, es decir, que no haga suya ninguna doctrina comprehensiva del Bien (como lo haría, por ejemplo, en el caso de declararse un Estado católico), de modo de preservar la esfera pública como un espacio neutro e imparcial de diálogo e intercambio que le dé iguales garantías a todos. Estas breves reflexiones sobre los dilemas valóricos de la sociedad contemporánea no buscan, pues, establecer posturas oficiales ni mucho menos obligatorios sobre los que adhieran a este nuevo referente político. Eso iría en contra precisamente de la apertura que consideramos parte de nuestro proyecto político y del marco de diálogo razonado y razonable que debe primar en el espacio público, aun sobre temas tan esenciales, si queremos proteger la libertad y alejar el fantasma de los fundamentalismos de la sociedad chilena. Nuestra apuesta en política internacional Por último, no podemos dejar de mencionar la importancia que tiene en un mundo globalizado el tener una política internacional clara y activa. Y si bien aplaudimos la apuesta de apertura e internacionalización que ha seguido Chile en los últimos años, creemos esencial complementar esa mirada globalizada con una mirada regionalista que tenga en América Latina su foco. Es imposible disociar en el largo plazo los intereses de Chile de los de su región. Por una parte, en la medida en que al resto de América Latina le vaya bien, las oportunidades de crecimiento y el bienestar de Chile aumentarán correspondientemente. Sin embargo, no es sólo un asunto económico el que nos importa. Compartimos con la región una misma lengua, una misma historia, una misma forma de vincularnos y las mismas raíces valóricas. Somos, qué duda cabe, parte de la misma cultura; una con variaciones internas pero claramente distinta al mundo anglosajón y europeo. Asimismo, nuestras estructuras sociales y económicas se asemejan tremendamente entre sí y enfrentan los mismos desafíos de disminución de las desigualdades y de modernización productiva. Compartimos- querámoslo o no- un destino común. Al fin y al cabo, miramos al mundo desde el mismo lugar. Todo esto nos lleva a reafirmar un compromiso profundo y de largo plazo con una mayor integración latinoamericana. Nuestras naciones deben aprender a cooperar y no sólo a competir entre sí. Por cierto ambos planos son necesarios, pero debemos aprender de Europa que los celos y rivalidades nacionales sólo llevan a la ruina y que, por el contrario, las profundas divisiones históricas no son impedimento para construir instituciones internacionales de cooperación que potencien a todos sus miembros. En este contexto, creemos que Chile debe perderle el miedo a involucrarse con la región, por incierta y turbulenta que sea la empresa. Debemos ser partícipes y hasta líderes del proceso de construcción de una América Latina más unida y orgullosa de su identidad, más abierta al mundo y más dispuesta a tomar la senda del progreso. Para ello no nos servirá una alianza construida sobre la base de nacionalismos, populismos y anti-imperialismos. Ni nuestra cultura, ni nuestra economía ni nuestra política se verán fortalecidas aumentando el proteccionismo y la xenofobia. Por ello, aspiramos a una alianza fundada sobre los valores progresistas de la profundización de la democracia, el fortalecimiento de las instituciones y la apertura política y económica al mundo globalizado. Estamos convencidos de que por esta senda, el sueño bolivariano de una América Latina próspera y fraterna estará mucho más cerca de hacerse realidad; y tanto Chile como la región estarán mejor por ello. La fuente generacional Para cualquier observador de la realidad nacional, es evidente que a lo largo de los últimos 15 años se ha producido un creciente divorcio entre la política y los jóvenes. Ello se advierte no sólo en el preocupante envejecimiento del padrón electoral y la consecuente irrelevancia electoral de los jóvenes, sino que también en una marcada inexistencia de líderes juveniles en el ámbito público, junto con una ausencia casi completa de los temas que a ellos les interesan en el debate nacional. Políticamente hablando, los jóvenes son una raza invisible: no votan, no hablan ni tienen tribuna, y no se discute sobre ellos o sus problemáticas. Creemos que, si bien hay cambios ideológicos, culturales y económicos profundos en la sociedad contemporánea que tienen una influencia importante (y a nivel global) en el déficit de participación política juvenil, hay algunas causas específicas a la realidad chilena que agravan la situación. Entre ellas, acaso las principales sean la clausura del sistema político a nuevas influencias debido al sistema electoral vigente; la existencia de una brecha generacional entre los políticos y los jóvenes, que responde a las diferentes épocas históricas que les ha tocado vivir a unos y otros; y en especial, el agotamiento ideológico y moral de la igualación del esquema izquierda/derecha con el esquema anti/pro Pinochet. Efectivamente, es indudable que existe una coincidencia total del eje derecha/izquierda tanto con el eje Sí/No del plebiscito de 1988 como con el eje Alianza/Concertación actual. Esta nítida demarcación nos ha impuesto que las diferencias ideológicas legítimas se confundan con los odios y resentimientos provenientes de la dura historia política de Chile. En efecto, tanto el â??paquete Alianzaâ?? como el â??paquete Concertaciónâ?? están revestidos de una fuerte carga afectiva en relación con los hechos acaecidos durante el gobierno de la Unidad Popular y el Régimen Militar. Los jóvenes, al optar por una u otra coalición, están siendo obligados en cierto sentido a cargar con esa mochila afectiva, donde se maneja una dialéctica anacrónica de â??vencedores y vencidosâ??, donde abundan las recriminaciones acerca de la supuesta superioridad moral de un grupo sobre otro, y donde pareciera que siempre se están buscando culpas histórico â?? políticas. La gran mayoría de la juventud chilena del siglo XXI no quiere seguir escarbando en las heridas del pasado, y por lo general se siente poco representada por el eje divisorio izquierda / derecha que prima hoy en nuestro país. Sin duda, la memoria es esencial para la construcción de identidades individuales y colectivas, por lo que el pasado reciente de Chile no puede ni debe ser ignorado. No se trata de renunciar a la historia, sino de dejar de dividirnos por las distintas interpretaciones que hacemos de ella. A pasos del Bicentenario, ya es hora de preguntarnos si tiene sentido construir las coaliciones del futuro sobre las bases de las profundas divisiones del pasado. Las nuevas generaciones, criadas como hemos sido en los aires libres de la democracia, merecemos entrar al espacio político sin heredar los odios y prejuicios de otros. Queremos construir la historia nueva, desde todas las manos, las voluntades y las memorias que proyectan un mismo futuro para Chile. Debemos romper definitivamente con la camisa de fuerza que significa el eje Sí/No en la política chilena. Es por ello que queremos construir un espacio político distinto, donde quepan todos los que estén más preocupados de pensar los próximos 30 años de Chile que de saldar cuentas con los 30 recién pasados. Un espacio para los que estén más preocupados por los efectos económicos, sociales y culturales de la globalización que de las añejas luchas entre capitalismo y socialismo. Será un espacio prioritaria, pero no exclusivamente, de los jóvenes, ya que la capacidad de renovación y futuro se encuentra repartida por todos los rincones de Chile y en todas las edades. Pero creemos que las nuevas generaciones tienen la obligación y la oportunidad histórica de tomar la antorcha y llevar el progreso de Chile un paso más allá. Quizás algunos jóvenes puedan darse el lujo de ignorar la política; sin embargo, la política no puede darse el lujo de ignorar a los jóvenes; el hacerlo supone no sólo una democracia con déficit de ciudadanía sino que además se priva de una fuente gigantesca de ganas, trabajo e ideas. Por cierto, las juventudes de los partidos políticos son una triste parodia de la representación política juvenil. Más que ser la voz de los jóvenes en los partidos, suelen intentar ser la voz de los partidos ante la juventud; mas en ello fracasan rotundamente. Por ello buscamos crear un referente nuevo, que logre interpretar el modo de sentir de gran parte de la juventud, junto con ser en sí misma una fuerza joven, nueva, audaz y transformadora en un medio político anquilosado. Por supuesto, la juventud es muy diversa en sus visiones y valores, y puede parecer utópico o simplemente irresponsable pretender englobarla bajo una misma visión política. A lo que nosotros respondemos: en buena hora la juventud es diversa; en eso está su riqueza. Pero sin pretender incluirla a toda, creemos que ésta tiende a compartir ciertas actitudes, cierto estilo y ciertos valores que la diferencian de las generaciones precedentes. Más allá de algunas diferencias ideológicas, creemos que existe un â??ADN generacionalâ?? que no está siendo recogido por ninguna fuerza política existente. Es un ADN que ama la libertad y la autonomía, que no tiene traumas con el pasado reciente de Chile, que no cree en las ideologías rígidas ni totalitaristas, que ama la diferencia, que busca espacios de participación a su medida, que no tiene complejos con el mercado y la libre empresa, pero que cree que la mayor injusticia nacional es la existencia de tantos compatriotas en situación de pobreza dentro del marco de una sociedad fuertemente desigual en sus oportunidades. Asimismo, cree que la ética y la política no pueden estar terminalmente divorciadas, como parece ocurrir actualmente; para los jóvenes no puede haber una política sana sin honestidad, sin transparencia, sin coherencia entre lo dicho y lo hecho y sin subordinación de los fines a los medios legítimos. Este ADN básico- libertario, tolerante, progresista, solidario, profundamente ético- está en el corazón de nuestra propuesta política. Apostamos a que una enorme masa de chilenos en general, y de jóvenes en particular, se verá interpretada por ella. Ha llegado el tiempo Una de los sellos distintivos del ser humano es su capacidad de iniciar algo nuevo, es decir, de poner en movimiento al mundo a través de la palabra y de la acción. Después del largo ciclo que significó la UP, el Gobierno Militar y la Concertación- y en el cual asistimos a la pasión, muerte y resurrección de nuestra democracia- creemos que es tiempo de proponerle al país un proyecto político nuevo. Un proyecto que, sin romper con lo que han sido los grandes parámetros de nuestro éxito como país- la democracia liberal, la economía social de mercado y la voluntad modernizadora-, sepa profundizar, enriquecer, ampliar y renovar los contenidos de la política con miras al siglo XXI. Queremos construir este nuevo siglo sobre las raíces profundas de la libertad, y para ello necesitamos un pensamiento que la comprenda y la defienda en todas sus formas. Queremos un país más próspero y más justo, y para ello necesitamos pensar el crecimiento y la igualdad como socios y no como los rivales irreconciliables que fueron por tanto tiempo. Queremos vivir en un país más diverso y más tolerante, que ría con mil caras, y para ello necesitamos imaginarnos formas nuevas de convivencia acordes con un mundo crecientemente plural y complejo. Queremos ser actores y no víctimas de la globalización, y para ello necesitamos formas de pensar creativas y flexibles que puedan adaptarse a las amenazas y desafíos que el mundo de hoy nos dibuja en el horizonte. Queremos iniciar algo nuevo: queremos, con nuestra palabra y nuestra acción, poner a la política chilena en movimiento. Buscamos potenciar la construcción de un nuevo Chile y para ello es esencial renovar intelectual y generacionalmente la política nacional. Creemos en la juventud y apostamos por ella. La generación que se crió en democracia y que se ha destacado en tantos ámbitos- acción social, ecología, pastoral, humanitaria, deportivo, de género, de desarrollo local, de expresiones artísticas, y tantos más- debe hacer sentir también su voz en la política. La generación que aprendió a soñar con un país más justo y que más campamentos ha ayudado a erradicar no puede irse a su casa y dejarle la conducción del país a otros. La tarea de hacer de Chile un mejor país continúa: nos ha llegado el tiempo de mover las piezas, y el momento de hacer nuestra contribución es ahora.




