Los dejo con este post de Fernando Villegas, con el que lamentablemente no puedo estar más de acuerdo. Al menos, me quedo con la sensación que el movimiento pendular de la vida misma, ha cambiado de dirección. Ni los privados son tan malos, ni el Estado es tan ineficiente, ni el pueblo es tan víctima, ni los ricos son tan terribles, ni el mercardo tan eficiente, como así tampoco tan cruel, etc, etc, etc.
La pistola al cuello
03.02.2010 | 450 Comments
Publicado en La Tercera, 02/03/2010
El terremoto del
sábado ha sido un evento devastador, pero también revelador. Ha sacado a
la luz debilidades acumuladas a lo largo de años en el completo
edificio de nuestra sociedad, frutos venenosos de políticas -públicas y
privadas- y de procesos sociales cuyas semillas se sembraron a partir
de 1973, se abonaron en los años sucesivos y se regaron generosamente
desde 1990. El resultado es una mezcla explosiva de aspiraciones
adquisitivas con una distribución del ingreso que impide a muchos
satisfacerlas y de dos generaciones de chilenos pobres -padres entre 25 y
40 años, hijos de entre 10 y 20- criados casi sin control parental ni
escolar. A ese combustible se agrega como comburente la hegemonía
ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos, las cuales
en muchos casos -legales, judiciales, etc- han sido llevadas a tales
extremos de lenidad y obsecuencia, que entorpecen gravemente la
determinación o voluntad del Estado para preservar el orden público.
De
esto último han sido muestra los saqueos masivos. Para describirlos, la
autoridad ha usado un lenguaje eufemístico hablando de "delincuentes" y
de "lumpen". Eso de por sí ya sería bastante malo, pero los videos y
fotografías revelan algo aun peor: protagonistas han sido también y en
número abrumador, gente común y corriente, la clase de personas con las
cuales usted puede toparse en su oficina o en el bus. En una sociedad
sana, el pillaje queda reducido a la acción de delincuentes y también de
los ciudadanos más marginales; una sociedad enferma, en cambio, revela
lo que vimos, a saber, no sólo que dichos delincuentes y vándalos son
legión, sino que también hay cero autocontrol por parte de muchos
ciudadanos y cero eficacia de la fuerza policial para controlarlos por
mera presencia.
¿De qué extrañarse respecto a esto último? Por
20 años la Concertación no hizo sino debilitar el concepto mismo de
"orden público", expresión que a oídos de su gente suena a cavernaria
opresión "del pueblo". Todo acto de autoridad rigurosa se convirtió, en
ese período, en tabú. En el colegio se deterioró la autoridad de
profesores y directores, quienes quedaron a merced de un alumnado dotado
de infinitos derechos; en la calle se acusó una y otra vez a la fuerza
pública de "excesos", tanto en tribunales como en la prensa, cada vez
que encaró con decisión ataques incluso letales contra sus miembros; en
el discurso de muchos se legitimó abierta o tácitamente a los
"combatientes" con tal que dijeran representar una causa justa; en la
justicia se trató con lenidad a asesinos políticos si acaso su
background era "la lucha contra la dictadura"; en fin, siempre hubo
razones para justificar la conducta antisocial haciendo de sus hechores
víctimas inocentes "del sistema".
¿A qué asombrarse entonces que
grupos masivos de ciudadanos se crean hoy con derecho al pillaje si se
da la oportunidad? ¿De qué pasmarse ante el infantilismo, convertido
rápidamente en agresión, con que algunos piden "soluciones" en cinco
minutos puesto que fueron criados bajo la doctrina del Estado
paternalista, único salvador y defensor de los pobres, como todavía se
dijo en la reciente campaña presidencial? Por eso la imagen del
carabinero poniendo una pistola en el cuello de uno de los miserables
entregados al pillaje es una notable excepción, pero también una muestra
de hasta dónde es preciso llegar cuando métodos menos elocuentes ya no
hacen mella. Y es una valiente excepción, porque hace ya mucho tiempo
que el carabinero teme siquiera levantar la voz, no sea que le abran un
sumario, se le eche del servicio y se le lleve a juicio. De eso es muy
consciente la inmensa cantidad de ciudadanos resentidos, frustrados y
llenos de instintos destructivos y depredadores que ha criado el sistema
por las razones expuestas más arriba. Se sienten con esa sensación de
derecho a cometer delitos que otorga la impunidad. ¿"Por qué yo no",
dijo una mujer que se llevaba objetos robados de una tienda, "si lo
hacen todos? Y pudo haber agregado: "y nada nos va a pasar porque somos
el pueblo". De ahí que sea la sociedad, no ese punga, quien está hoy con
la pistola al cuello. Y que, en la hora mona, deba sacarse al Ejército a
la calle.






...pero no puedo estar mas de acuerdo con tu aprobacion al articulo de Villegas.
Lo que mas me espanta, es observar esto que ocurre diariamente y cen terminos profesionales, como psicologa, que las autoridades sigan pensando y actuando en tal consecuencia, como si no se necesitara intervencion tanto en las calles para el orden publico, como para intervencion en crisis de las personas que estan sufriendo de estres post traumatico.
Me enrabia profundamente y me parece de una indolencia brutal que los argumentos sean "el no haber hecho un diagnostico", como si ahora les interesara de sobremanera hacer un trabajo eficiente y eficaz, justo en un momento de crisis???!!!! -yo no me lo trago-
No seguire escribiendo porque tengo tanta rabia e impotencia, que podria escribir un libro.
Cariños